lunes, 21 de marzo de 2016

UNA VIDA CONDENADA A LA INCORRECCIÓN


UNA EQUIVOCACIÓN EN CINCO PARTES.



I. SITIO DE CORROSIÓN
Veo uno de los pilares centrales de esta vida desde la parte centralizada el organismo que me viene matando. Un núcleo deforme que susurra, fuma y se multiplica, sabe que temo por el tiempo que se acorta, me viene matando, matando desde un tiempo atrás, desde el tiempo cuando mi consciencia cantaba todas las tardes de llovizna, tardes confortables, grises y húmedas, aquellas que realizan en mi mente el recuerdo de tus lágrimas resbalando por la oscilación blanquecina de tus mejillas, alcanzando en su inevitable descenso el borde de tus labios, lugar sagrado donde tu lengua dispersaba toda la sal. Por supuesto que recuerdo tu lengua, como jamás podría desprenderme del sueño cenizo de tu cabello, su aroma perteneciente a todas las flores, el color desmedido y su largo cubriendo todas mis oscuridades, fundiéndose con la noche para instituir un solo elemento, la abstracción de este dolor que desde entonces; ya me sabía de muerte.


II. REFUGIO DESAMPARADO
Será mi desaparición un cobijo cálido, un estado de gracia entero que brinda misericordia ante la incesante  tempestad que identificamos como vida. Sí es bella, la vida es magnífica y tiende a expandirse, posee la tonalidad más azul, más pura en sus ojos, como si contara con la personalidad indomable de un mar de vicisitudes inextinguibles y es más sencillo que nosotros como humanos, ejemplos de perversión, deformidad, manchemos con nuestros roces, con nuestras palabras censurables, la bondad de su apariencia y las virtudes de su materialidad. Es cierto entonces, la desaparición debe tratarse de un rescate, uno acallado, doloroso pero necesario, quizá en el fondo su real significancia sea el renacimiento auténtico. Destino de desamparo, destino convertido en amenaza, huesos inconsistentes, recuerdos que abandonan, sobriedad elemental que funge como nuevo enemigo, como el traidor natural y además posee un rostro, un nombre. Fija su mirada lamentable en el espejo y suspira un tanto, acuña sus manos en el tejado, se pretende Atlas pero irremediablemente es vencido, vencido por su propio mal, por este destino con máscara de desaparición. Fui derrotado, estoy condenado, partes iguales de mi deseo fatalista, ahora sólo quiero un nuevo rocío de agua cristalina cualquier día de una calurosa primavera, sólo quiero un tanto más de tu compañía, en este refugio desamparado, en este recuerdo perdido, en mi próximo instante de libertad y corregimiento, seguir los pasos que hube dado y abandonar mi propia vida con merecida dignidad, la misma que me fue robada, que propicia que tirite por el riesgo de equivocarme, el temor de llamarme difunto, de no estar aquí, de no volver e interrumpir suspiros y demás sueños, planes y correcciones, hechos que no figurarán y todas las demás mentiras y enfermedades que no podrán ser, el mundo es cruel y tiende mortificarse ante la crudeza de colores cuya tonalidad desconoce.  Y lo peor, no saber más de ti.

  
III. DESGRACIA DE UNA PUERTA
He atentado con la veracidad, contra la buena tradición de la vida al decidir no atenerme a ninguna espera agonizante, a ninguna póliza de vida, estoy seguro que mi castigo ha sido suficiente. Decidí olvidar y romper nuevamente en el camino, permitir que los perros de la lujuria mordieran mis orejas, rechazar que los gusanos devoraran mis pies, mis huesos pertenecen al cuerpo que uso y pretendo continuar amando. El mundo no puede decidir por mí y sé que pronto estaré muerto. Todavía puedo salir y vagar por este país de sombras, por este mundo sumido en los nocturnos embelesadores, existe gracias a esta poesía y es siniestra. Deseo olvidar, olvidar lo que fui y a quienes conocí, a quienes amé en vida y cuya presencia viva, alejaron para siempre, alejaron para difuminarse en un horizonte diferente a la perdición que me espera, se burla y lentamente me consume. Llega a mi mente desde alguno de sus calabozos, la historia más extraña de mi carrera mientras permanezco en el recurrente delirio bajo el sol. La desgracia de una puerta, por primera y última vez, extendiéndose en un susurro, tratándose de miles de vivencias que suelen percudir el ánimo, las criaturas sombrías que hubiesen preferido no soportar el influyo de la vida y su tiempo, de su propio tiempo y vida sin consuelo. Retazos de un recuerdo que no me pertenece, dos sombras cruzando por el umbral, alguna luz desconocida alcanza a vislumbrarles los pasos a seguir, la puerta se cierra, las estrellas no serán testigos, sino cuatro paredes descoloridas. Pude ser yo, pude vivirlo, hacerlo mi exacta realidad, pero jamás es tarde para escapar, perderse en el breve intervalo, ese que es el descuido de los observadores hasta pretender ocultarse de la muerte. La puerta se abre y no me encuentro solo, no lo estoy, compartiré este próximo recuerdo con una ninfa común, prueba viviente de mi amor por los nocturnos,  los romances incompletos, los poemas de vicio. La puerta se cierra, las paredes aguardan aun más impacientes de lo que podría estarlo en un millón de años.


IV. NO ME CREO CAPAZ DE ASESINAR A NADIE
Esta manera de vibrar, mi corazón nunca se supo más vivo, nunca lo sentí así. Estoy de pie,  pensando en mi víctima, en el aroma de su cuerpo tendido entre las nubes, el carácter diáfano de las consecuencias, del silencio que se postra sobre mis hombros, en la mueca descompuesta de mis emociones, todo tiene que ver con el latido incesante de mi corazón, este nuevo latido. Mi destino no se ha contraído, tampoco estoy en condiciones de negarlo, pero esta mujer ha despertado en mi esperanza, debe ser ese su nombre. Pretendo regresar al camino, andar sobre carreteras perdidas, internarme en la maleza inconsolable de cualquier pueblo, existen ciudad cuyos nombres no pueden ser escritos, mencionados, tal vez lleve el registro de mis últimos días en un diario, un documento secreto hasta para mí, suena a locura, suena a imposibilidad. Es cierto cuando digo que no me creo capaz de asesinar a nadie, aunque tal vez ya lo hice, arrebaté una vida hermosa para brindarme unos momentos de satisfacción, algunas horas de vitalidad excesiva, de negación entera. El comienzo de cualquier actividad visceral, un arranca de furia inexplicable, el peor de los arrebatos, la muerte que se aproxima: dramática, cambiante, modelando el estribo que se incendia, los palacios se derrumban por su propia falsedad, este sonido constante de la destrucción, severo y controlador, no se escribe distinto, simplemente no lo es. Creo que debe tratarse de una actuación de sangre, de malos vestigios, una evasión simple, una boca sin dentadura, una mano sin dedos, semanas sin días, una vida que carece de todos sus años, el peor de todos los arrepentimientos.


V. CAUSA DE FALLECIMIENTO
No creo reconocer ocasión más perfecta para una celebración. Escribo la carta que debo dedicarte, sabrás de mi lo que necesitas solamente, lo demás se quedará perdido, condenado igual que yo a una tumba, es lo que espero, es lo que pasará, de aquí a la eternidad. No tengo miedo, no puedo continuar suplicándole a los árboles por un instante de perdón, tal como te lo supliqué a ti y así desperdiciaste nuestros momentos, decidiste olvidarlos tal vez, ya no es estrictamente necesario saberlo, la carta llegará y nada podrás hacer, los días que tanta queja significaron, la extraña movilidad y la indiferencia a la vida, a los murmullos, a los actores principales de un hecho demeritado, de esta memoria que no puede contener su tristeza. Ambos ojos en tu rostro, en el despertar cada mañana y saber el olvido, la ignorancia, la llegada de lo inconfesable, de la visión cínica de un próximo cadáver,  sólo quiero que sepas que hubo felicidad en mi vida, siempre sucedió cuando estuviste cerca, conmigo en el regazo de la noticia, ahora la puerta, tú puerta, yace verdaderamente cerrada, sé que hoy ya nada te interesa, es verdad. Tanto así como que el destino me ha alcanzado, la traición se consumó, no podría tener esto mayor preponderancia: alguien muere, un ser anónimo, alguien que se ha arrancado el rostro, que abandonó su nombre, que decidió abandonar to9da caridad y buscar una última sensación de vitalidad. Deberá ser esa misma la causa de mi fallecimiento, la causa real de toda incomprensión. De esta extorsión.  Si el momento llegó, las preguntas aparecerán solas. Si el ocaso cae, queda solamente  colocar un sello en ambos ojos.