Yendo por la misma avenida,
una tarde condenada como todas,
antes o después,
en los inmensos días de la vida.
¿Por qué las horas no se aferran a sobrevivir?
Somos tan fútiles como ellas,
suspiramos los segundos,
un reflejo en el agua de nuestra piel,
recordando cuando tantas almas aun
contaban sus historias,
yendo por la misma avenida,
cuando sus tardes de sol opaco
eran en verdad infinitas.
No podemos quedarnos,
los minutos no perdonan...
Se adormecen el aroma de la banqueta,
seremos parte de la misma sombra,
tantas manos arrugadas,
sus voces roncas y cansadas,
estos ojos que se cierra,
antes de preguntarse de qué está hecha la realidad,
después de chocar con su ominosa pared,
porque un cuerpo derritiéndose
jamás delata su nombre.
Otros parten y nosotros,
nosotros quedamos esperando,
esperando sin pensamientos
y en silencio...
Somos una hoja en blanco.

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