Quiero creer,
en la esperanza de mejores días,
que llegan como suave
despierta el alba,
una sarta de promesas huecas,
y nada especial se resuelve la vida,
la mía, es un frasco sin fondo,
cayendo en cámara lenta,
muy despacio se quiebra.
Quiero creer,
en el nombre de un nuevo día,
libertad a secas y sin apellido,
que no espere a la vida
para ocupar la misma jaula,
cuyos barrotes son lo blanco
y sombreado en mi sonrisa.
Es lo mismo cada hora, cada minuto,
los segundos son una presión en el pecho,
tan rápido como se consume el tiempo,
en la carne y en los sueños,
sin voz, sin más aviso que el caos afuera,
jalando hasta salir de la tumba,
en este mundo que se condena al fuego,
hirviendo en una olla grande.
Este es el mundo,
donde las emociones son fragmentos,
dispersos allá en la oscuridad,
donde el sol nunca alza,
no hay algo especial que me sonría,
no hay nada a lo que pueda brindar alegría,
hoy quiero creer,
en un momento distinto,
el instante de cambio,
cuando la desazón parece la única puerta no cerrada.
Ahora, nadie se diferencia del otro,
yendo como pervertidos por el miedo,
alimentándose de lodo y carroña,
y no soy diferente cuando la ira me controla,
desde la médula, huesos y entrañas,
causando que los días pierdan su nombre,
quiero imaginar un futuro
de mil piezas diminutas,
quebrándose lejos,
allá en la nada.
Pienso en el presente y su poca verdad,
deslucido sin mediar palabra,
entre lo que sucede y explota en el mundo,
de la pluma acaece un silencio y la deriva,
olas inmensas que transforman su color en mis ojos,
de agua cristalina a rojo ceniza,
hasta desaparecer completamente.
En dónde inicia la responsabilidad,
si acaso habremos de sobreponernos al final,
en tanto resistimos la distancia que nos ahuyenta,
la misma quemazón de andar sin rumbo,
y en todo lo que puedo pensar es,
soy nada en especial,
cuando el diablo a la medianoche dice:
"este mundo es diminuto,
tan absorto en desearse la muerte."
Ilustración: El castigo de Antinoco por Gustave Doré

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