A ojos que resisten ver,
último rastro de luz mortecina,
atendiendo el espejismo de un palacio blanco,
lejano, cuya silueta es el coloso en la neblina,
la sombra de un árbol, gigantesco,
el espectro rabioso que tanto temo.
Los puntos están marcados,
en el tiempo que tenemos de vida,
un brillo diminuto que arde con fervor,
gritando naces para volver y volver,
a pensar de la avaricia,
de los golpes de culpa en el pecho,
aquí lo humano es posible,
un todo que escapa del entendimiento,
de la carne, de la sangre y del hueso.
Sucede apenas en un susurro,
la visión lejana de una luna sonriendo,
enalteciendo los pasos, el llanto,
portando la corona del sol, es soberana,
tantas las posibilidades por soñar,
la respuesta a tanta batalla que no acaba,
si este es el instante de la verdad,
si aullar en medio de la noche,
resulta prometido alivio,
el sustento blanco por brillar.
No hay palabra,
razón o juramento para justificar el dolor,
palpable al arrepentimiento,
si acaso inhalar la ceniza es sobrevivir,
existiendo fuera deL mundo,
resulta ser el brillo de mil estrellas
atoradas en medio de los ojos.
En donde hay esperanza,
donde hay hambre y triunfo, tras las horas
nubladas en duda y colérica negación,
el mundo brota en cosechas y pensamientos,
con la espuma contagiosa de la rabia,
besando la lluvia a pesar de las llamas,
envolviendo el corazón como indice a la voluntad,
es camino rugoso,
las paredes más blancas,
la idea convertida en obra humana,
fantasía que lentamente desaparece,
en cuanto el cuerpo respira su última palabra.


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