Ay, de esta rabia que regurgita
como pestilencia que no cesa,
en mis ojos, manifiesto de esferas
con luz propia, incandescentes,
iluminando el paso de pies trozados,
en honor a los gritos,
ciegos se queman en el cielo.
Cuan mísera es la existencia,
colmada con envidia,
sazonada con miel en la boca,
siempre el mismo dolor naciendo con el día,
los dejos de un rostro en el suelo,
flotando en charco de sangre.
Este miedo debe morir,
la esencia es futuro, la esperanza es brillo,
el verdadero triunfo a pesar de la tormenta,
compartiendo espacio con una sombra,
cruel y sin nombre,
andando a los gritos en contra de todo.
Cuán seductor es el hechizo
de martirizar la carne,
propia o ajena, mía o tuya,
el frío no conoce de cuerpos o intenciones,
cayendo por mil años,
en este universo de ojos sin párpado.
Este horror no se va de mis sueños,
y la verdad es esta,
sólo la carne pútrida despierta,
en mis dientes las uñas,
caído de la oscuridad en un relámpago,
mi destino en una bola de cristal,
en el fondo de un vaso,
roto al estrellarse contra el suelo.
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