Mi vista sucumbe,
hay oscuridad en mis palabras,
quedando a sufragio de esta vanidad,
seña clara de afable pereza,
latido tras latido de un corazón abarrotado.
Tirito hasta que la muerte alcance,
y quiero no alucinar con el descanso perpetuo,
incluso yendo por el mismo torbellino diario,
divagar tantas veces como sea posible,
en parpadeo estridente por un anhelo.
Cuánto tiempo, cuánto esfuerzo,
sucediendo a costa de mayor negación,
aquí, a pies de un celeste desnudo,
locura compartida con las nubes grises,
la visión eminente de la desaparición.
Siete puertas y veinte conjeturas,
dicen al entrar los narcisos verdes,
una mordida volviéndose en carcajada,
la sombra cautivante tras mis dientes,
nada que anticipe el mal a suceder.
Soy cuerpo que ahogarse disfruta,
en dominio de un infierno sostenido,
esta inquietud es albor vehemente,
posesión demoníaca de carmesí rostro,
mano teñida con el sacro humor del pasado.
Ahora, el acto suicida de convertirse en otro,
resuelve el daño de las carcajadas de
un indecente futuro,
delirio peligroso y fruto amargo,
enigma revelado a la sombra.
No quiero saber de lo que tanto temí,
la sinceridad es un seco cadáver,
permanece su estela de gusto ácido,
es la pesadilla de vivir,
y no es gozo
sino macabro castigo.
Ilustración: "La tumba de los monjes capuchinos" por Oscar Parviainen


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