I.
Padre,
responde mis preguntas,
llévame de regreso,
a todos los instantes de felicidad,
esta noche, en este momento
sobre mi piel, bajo el peso
de los parpados,
la vida no es un sueño...
Padre,
no tengo intención de desaparecer,
pero no creo que logres verme,
soy el único aquí,
en la carpa roída de este circo,
es la vida y consecuencias,
en cada una de tus palabras,
son el resultado de tu enfermedad,
la última raíz en el jardín.
Perdona la esperanza,
concede persecución para los pecados,
olvida el pasado,
perdonen a su padre,
responsable de toda la extinción,
haría cualquier cosa por
ti,
por
ustedes.
II.
Llévate lo último de tu rastro,
un cadáver con sabor a pan horneado,
huesos luchando por escapar,
hacia la tierra donde brille más el sol.
Encuentra tu camino,
aquel donde flote el agua,
donde hablen contigo las flores,
bajo la mirada del cielo,
bajo el torrente sanguíneo del universo,
cruzando nuevas ciudades,
todas ellas iluminadas y sacramentales,
reconoce tu rostro en el pan que devoras.
Hoy impera el silencio,
testigo unánime de tus temores,
nuestra manera de contagiar,
definitivos suspiros,
no hay más futuro,
no hay otro castigo,
reconoce la dulzura en ti,
cadáver.
Lluvia en primavera,
bendita sombra la que arraiga a los muertos,
la mirada es sólo un instante diminuto,
volviéndose diferente,
eres voz del huracán,
luz fantasmal,
el motivo de la lluvia,
cadena humana.
Los milagros imposibles son,
manejándote en la orilla del mundo,
habrá quien te confunda con la tormenta.
Reconoce la sangre de tu padre en ti.
III.
Naciste y es todo lo que importa,
es así como se escriben los poemas,
discutiendo una verdad diferente,
apuntando un arma hacia tu corazón,
palabras que vienen y se respiran,
soñando y padeciendo.
Padre,
eres milagro de la vida,
manteniendo toda la oscuridad
dentro de tu nariz,
ardiendo en el último ápice de realidad,
muéstrame el sol naciente en tu jardín de roca,
permaneciendo en vela toda la noche,
del tiempo se vuelve siempre una mentira.
Para siempre,
es demasiado largo,
sin remedio,
los momentos inquebrantables
se cuestionan,
se extinguen las horas,
decisiones por cumplir,
quedándote atrás,
sordo y permaneciendo ciego,
naturaleza de la necedad,
abrazando la nostalgia,
misma que te concibió
como su secreto mejor guardado.
Suspirando las fallas,
gritando alegrías,
un rotundo engaño,
majestuoso en su entendimiento,
reciproco de embarnecida violencia
y colores
dorado,
sacro,
perdido.
Padre,
sólo tu puedes alejar a los demonios,
enterrar el miedo,
darnos a todos el mismo nombre,
en una sola promesa,
¿Puedes
escucharme?
Alguna vez,
coloreaste los días,
antes del
arrepentimiento,
antes de la
vergüenza,
antes de sentir tu juventud
fugada,
alguna vez,
en otra vida, otra realidad,
otras preguntas, otro tiempo,
un presente volando en tanto dormido
yacías frente a un acogedor fuego,
desperdiciando el más grande momento,
luz de esta vida y amor santo,
fácil es distraerse,
fácil decir por siempre:
fallé
Complicado es mantener la vela despierta,
como saeta, esta vida es sólo una,
Padre,
rememoro nuestros momentos,
duele tanto,
creí que durarían más,
los tesoros fueron enterrados,
en arenas blancas de la eternidad,
en el recuerdo solemne del futuro,
bajo las piedras descoloridas de un sueño,
parece lo último,
ahora lucimos tan cansados,
amanece y es tanta la desidia,
milagros taciturnos,
resbalan lágrimas,
el tiempo yace en silencio.
Midiendo la vida con ambos parpados cerrados,
derrotando al enemigo,
cualquier cosa sucede.
Midiendo la vida con los dedos congelados,
azules como la piel del hielo,
las horas pasan sin avisar,
se largan y no prometen volver.
Midiendo la vida a tientas,
el miedo es la naturaleza perdida,
tras el horizonte muere incandescente el sol.
Midiendo los sentimientos del alma,
resulta un tema especial
siempre obtienes lo que das.
Ilustración: Max Ernst