jueves, 6 de febrero de 2020

BESOS VOLADOS


Viré en dirección contraria,
encontrando un charco de agua negra,
esperando de pie,
eras tú,
habitando en mis ojos.

Llovió esa noche,
parecía no encontrar fin,
negra en mis manos,
negra en tu ánimo,
y yo caí,
caí en la trampa de tu figura,
de tu rostro,
asustado como el mío.

Resultó un destello tu voz:
"casémonos en la catedral de mi pueblo"
y escapé, muy lejos donde la hierva
estuviese viva,
donde mi sombra no fuera tibia,
solías fumar a través de mis dedos,
mis labios eran de humo,
mis piernas tiritaron,
tú eras mi reflejo,
bajo el agua negra,
sentí mi corazón sumergido,
en ti,
en tu nombre,
en tus besos volados,
eran agua profunda,
agua triste.

Preferí no perder mis temores,
relegué tu locura a mi garganta,
extendí los brazos,
aceptando el caos,
aceptando la frustración,
en mi deseo,
en tu carne,
en un beso perfecto,
ese que nunca existió.

Y esperé tanto,
por librarme de esta lucha,
abrazando la fe en Cristo,
exponiendo mis venas al viento,
divagando a través del mundo,
miré por última vez
tu vestido blanco,
ominoso, y supe,
el amor es voluble
como un fantasma.

Escribí una carta,
renunciando a la vida,
necesitando huir
de mi propio designio,
de tu aliento y cuerpo,
es verdad,
"yo renuncié".

Hablaste conmigo,
bajo el frío del agua:
"si bebieras del vino..."
en este mundo,
el agua negra no es solemne,
habitas en el fondo,
velando la oscuridad,
clamando por mi corazón,
desprendiéndolo de mi pecho,
ardiendo en la la hoguera
como sacrificio.

Escribí una carta,
tu espalda fue el papiro,
mi sangre la tinta,
"yo renuncié",
y en mi cabeza,
gritaste:
"jamás".



Ilustración: "Judith corta la cabeza a Holofemes" por Caravaggio

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