Me arrodillo a tus plantas
al confesarme,
resignado y adolorido,
nunca encontré nuevo consuelo,
intentando por mil años y más,
viviendo este daño permanente,
ocultando mi corazón fracturado.
Cada una de mis palabras,
son lamentos que envuelven
el aire que respiro,
confieso que he pecado,
y me enorgullezco de ser,
lo que siempre hube soñado.
De rocas y polvo,
vayámonos acercando,
mirando de frente el abismo,
tengo un daño permanente,
sé que no fue tu culpa,
pero sí la mordida,
y mía la sangre que dejé
por todo el suelo esparcida.
Hoy parece tratarse de un sueño,
uno terrible en comparación de ayer,
cuando en cada noche fría,
parecía sonreírnos la luna,
apareciendo como un fantasma
tras las cortinas en la ventana,
en aquel entonces,
nada podía dolernos,
y la verdad es esta,
la vida no es felicidad,
es el perpetuo descenso.
Si antes sufrí este destino,
deformando mis pensamientos,
lastimando mi carne con un filo,
en nombre de la miseria,
enfermedades que disparan su veneno,
perdido sin reparar mi ventana.
Andar con la mente sin curar,
es caer a la deriva en este mundo colosal,
aquí nada sé, nada es verdad,
los minutos ensanchan sus fauces,
y puede que la caída sea tibia,
pero el golpe nunca se enfría.
Ilustración: Daniel Johnston

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