Cuan rara la visión,
que supura en medio
de la noche encendida,
sobre mi piel grasosa y pestilente,
el miedo es el veneno,
percudiendo con su saliva
mi corazón, mis dientes,
todo lo que digo o escribo,
una luz proviene del pasillo.
Tiritan mis dedos,
y casi ruego a lo que respira
donde la oscuridad se vuelve densa,
y me pregunto cómo será arder en aceite,
una broma que a otros ojos no daña,
transformando mi sangre en
veneno de orgullo,
en la rebelión que otros hicieron.
Alas de la trinidad,
un coro secreto que pocos sabrán,
si acaso puedo leer más allá
de mi escasa mente,
que sea de la luna roja intensa,
su deseo más recóndito,
toda malsana intención.
Y ahora, que postrado fallezco,
sin ladrido u gruñido que me acompañe,
porque de astronomía apenas sé,
ah, pero de artes negras,
no hablemos demasiado,
sea el secreto que me lleve a la tumba,
en la humedad del silencio,
devorado por gusanos cazadores,
de las bromas dichas por la supurante
boca de esta perniciosa humanidad,
un eco extendido de infamias,
de extensas perversiones.
Me duelen estas venas,
si grito con la lengua negra y seca,
por qué nadie escucha,
prisionero de mis bromas,
esas que ahora me postran en esta
cama de sábanas sudadas,
transformado en manteca sin pies,
en un escarabajo de baboso lenguaje,
y me pregunto cómo será
arder en una brasa sin final,
espero sinceramente,
una broma que no lesione
ojos ajenos en mi grotesca desnudes,
me preguntó cómo será,
explotar en un eructo de vísceras y sangre
como torrencial borbotón.
Cuánto puede soportar un hombre,
recordando todo el camino recorrido,
aquellos instantes con sus queridas,
imaginando un mapa directo al centro
de la mismísima poesía,
cuánto puede durar sin recitar,
el veneno que ahora lo mata,
lo mata en mi persona monstruosa,
dónde queda la compasión
prometida en el evangelio,
negada a los malditos de origen,
a ojos que derriten mi piel viscosa,
mil o más, atrapados en lo restante
de mis manos, pies y huevos.
Qué será rebanarse la piel poco a poco,
sin energía para limpiar las manchas negras,
desde el filo de la navaja,
recorriendo el contorno de los labios,
de las orejas, de los muslos,
sólo una broma que no ciegue a
ojos expectantes por nuevo drama,
el colmo de fuego en la mente,
ese destino que implique transformarse
de nuevo en el miedo, en la victoria,
y puedo oler desde aquí,
la esteta de miseria y muladar,
el pensamiento profano de tantos ojos,
vueltos al interior de mis venas,
explotando tras un nuevo mordisco,
motivo renovado para morir.
Qué sorpresa y no,
tremebunda hinchazón tras la derrota,
convertido en obtusa carga,
castigado con repulsión y abandono,
soy el bicho dorado que nadie identifica,
sancionando a la humanidad con veneno,
qué sorpresa que arda mi mente,
en alas de una trinidad de roca y marfil,
aun cuando sus pensamientos están
en la coraza de mi estómago,
y mil ojos son perfectos testigos,
de cuan rara elegia,
una mala broma por contarse,
sin dientes, sin gracia.
Esta broma va a terminar,
cuando ya no trate de mi,
si acaso huelo los pensamientos,
si acaso, estos ojos no fuesen de carbón ardiendo,
este descaso es la prisión,
postrado en eterna vejación,
sin otro barrote que este cuerpo desgraciado,
de toneladas y tripas grises,
ahora, sé cuando callar,
cuándo los ojos serán los míos,
de cristalinos colores al amanecer,
carmesí yaga que erupciona carcajadas,
la broma finalmente es mi verdad,
tan divertida, gozosa,
sea el sol sin sonrisa,
mi luna lapidaria,
mi descanso,
caridad en un gesto,
velo de interminable negrura.
Ilustración: Ted Nasmith