viernes, 11 de julio de 2025

OJOS

 

Qué es esto que supura
en medio de la noche encendida,
desde mi piel grasosa, pestilente,
un pavor que me congela, 
veneno percudiendo con su saliva
mi corazón, mis labios,
todo lo que digo o escribo.

Tiritan mis dedos,
y ruego a lo que respira
donde la oscuridad es densa,
cómo será arder en aceite,
broma inofensiva,
dicha en la cosecha de ojos en otros,
volviendo mi sangre en 
veneno de orgullo,
en la rebelión que otros hicieron.

Y ahora, que postrado fallezco,
sin ladrido u gruñido que me acompañe,
de astronomía apenas sé,
ah, pero de artes negras, 
no hablemos mucho,
sea el secreto que me lleve a la tumba,
en la humedad del silencio,
devorado por pastosos gusanos,
en las bromas dichas por la supurante
boca de esta perniciosa humanidad,
un eco extendido de infamias,
de extensas perversiones.

Me duelen las venas,
si grito con la lengua negra y seca,
prisionero de sábanas amarillas, sudadas,
vuelto manteca sin pies,
en un escarabajo de baboso lenguaje,
y me pregunto cómo será 
arder en una brasa sin final,
por qué nadie escucha,
mi grotesca desnudes en cada
ojo rapado en el mismo sueño,  
me preguntó cómo será,
explotar en un eructo de vísceras y sangre,
en torrencial borbotón.

Cuánto puede soportar un hombre,
recordando su camino ,
aquellos instantes con sus queridas,
imaginando un mapa directo al centro
de la mismísima poesía,
cuánto puede durar sin recitar,
el veneno que ahora lo mata,
lo mata en mi persona monstruosa,
dónde queda la compasión
prometida en el evangelio,
negada a los malditos de origen,
a ojos que derriten mi piel viscosa,
atrapados en lo restante
de mis manos, pies y huevos.

Qué será rebanarse la piel poco a poco, 
sin energía para limpiar las manchas negras,
desde el filo de la navaja,
recorriendo el contorno de los labios,
de las orejas, de los muslos, 
sólo una broma que no ciegue a
ojos expectantes por nuevo drama,
el colmo de fuego en la mente,
ese destino que implique transformarse
de nuevo en el miedo, en la victoria,
y puedo oler desde aquí,
la esteta de miseria y muladar,
el pensamiento profano de tantos ojos,
vueltos al interior de mis venas,
explotando tras un nuevo mordisco,
motivo renovado para morir.

Qué sorpresa y no,
tremebunda hinchazón tras la derrota,
convertido en obtusa carga,
castigado con repulsión y abandono,
soy el bicho dorado que nadie identifica,
sancionando a la humanidad con veneno,
qué sorpresa que arda mi mente,
en alas de una trinidad de roca y marfil,
aun cuando sus pensamientos están 
en la coraza de mi estómago,
y mil ojos son perfectos testigos,
de cuan rara elegia, 
una mala broma por contarse,
sin dientes, sin gracia.

Esta broma va a terminar,
cuando ya no trate de mi,
si acaso huelo los pensamientos,
si acaso, estos ojos no fuesen de carbón ardiendo,
este descaso es la prisión,
postrado en eterna vejación,
sin otro barrote que este cuerpo desgraciado,
de toneladas y tripas grises,
ahora, sé cuando callar,
cuándo los ojos serán los míos,
de cristalinos colores al amanecer,
carmesí yaga que erupciona carcajadas,
la broma finalmente es mi verdad,
tan divertida, gozosa, 
sea el sol sin sonrisa,
mi luna lapidaria,
mi descanso,
caridad en un gesto,
velo de interminable negrura.


Alas de la trinidad,
un coro secreto que pocos sabrán,
si acaso puedo leer más allá
de mi escasa mente,
que sea de la luna roja intensa,
su deseo más recóndito,
toda malsana intención.


Ilustración: Ted Nasmith

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