Once cincuenta y dos,
las palabras, los pasos,
los días conformando la vida,
solitaria en el corazón.
Desaparece la esperanza,
su último racimo,
y puede ser la peor condena,
andar completamente a ciegas.
Y hablar ahora,
resulta monótono zumbido,
durmiendo tantas horas,
imposibles de recuperar,
cada mañana cuando levanta el sol,
su corona de parco brillo.
Apaga la luz,
lento como si te despidieras
con una caricia,
apaga la luz,
como si tus labios sofocaran el día,
hablando fuerte sin oportunidad
por despertar.
andando en lo profundo de la noche

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