Algo disperso habita en el aire,
bajo los párpados cada noche,
cual tumba mal cerrada,
el rostro que respira fuego asoma,
sus manos rojas todo lo quieren,
más allá del desamparo
de la fría carretera.
El golpeteo en el pecho,
sorpresivo y sin misericordia,
tan voraz como un monstruo
de fauces inmensas,
una bestia de pelaje negro
y ojos rojos,
el insulto a la vida,
concebido desde lo divino.
Despierta y vete ya,
aquí viene la pesadilla,
cuando a deshoras sigues trabajando,
y el ojo lunar observa,
te quiere sometido a sus fantasías,
alrededor de sus dedos,
nadie sabrá si gritas.
Qué sigue a esta inquietud,
a saberse atrapado por la inextinguible rutina,
el mejor asesino por treinta monedas,
la vida ya no significa nada,
salvo navegar por las olas del miedo,
un mar plateado que supura indiferencia,
el colmo que rompe todo lo que disfrutas.
Este dolor no cesa,
nunca hasta que nuevamente amanezca,
cayendo de cabeza en esta tierra,
directo en lo más hondo de un charco,
en lo más negro de estos días,
la carencia del gozo,
la falsa sonrisa.
Ilustración: "Pierrot y la muerte" por Ivo Salinger

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