Caídos de la gracia,
nacimos del barro mirando el cielo,
creyendo que el futuro nacía en lo alto,
y estuvimos vagando,
con vapor en las manos,
esperando el fin del mundo.
Hermano,
adoras dañar a tu prójimo,
porque no hay mayor satisfacción,
todo estará bien,
compadezco en lo que nos convertimos,
nuestras intenciones son puras,
un crimen tras otro.
No tendremos flores en nuestra tumba,
basta con imaginar un ocaso imposible,
hoy, nada nos pertenece,
pendencieros sin hogar,
sin amistades, sin palabras,
predicando lo inevitable,
retrocediendo,
deseando terminar el delirio,
el temor, la violencia,
la vida.
Hombre,
sometido al frío de la noche,
de ahí provienes,
amenazando todo lo que existe,
mi hermano, somos el reflejo
de lo que nos tocó mirar,
llenándonos los ojos,
con blancura de nada,
esperanza fija,
tan frágil como nuestra
memoria,
como la voluntad que se parte,
pero jamás,
nuestro deseo.
Ilustración: "El Aguador de Sevilla" por Diego Velázquez

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