Emigrando de un lugar a otro,
con la mirada sometida al horizonte,
uno y mil soles distintos,
ojos parpadeantes de las estrellas,
quemando el último racimo de flores,
gritando la esperanza,
sobrevivir evadiendo la pandemia.
Un aire silencioso,
imaginación de unos cuantos,
girando alrededor de este mundo,
esperando el cambio prometido,
de vida o era,
religión de los profanos,
andando sin temor,
sin prever su iniciación
en las fauces de una
oscuridad fascinante.
Y esos mil soles estallarán,
en el corazón de uno solo,
será un cielo muerto,
mito de una tierra que alguna vez,
aguardó maizales y hogares,
para desvalidos, para vulnerados,
allá quedó el eco de sus pasos,
sorteando la gran broma
del destino.
Es larga la eternidad,
cargando los costales de la miseria,
aun cuando el corazón reciba un vuelco,
motivo para continuar,
lamiendo piedras del suelo polvoso,
ay, de las explosiones,
en medio de la noche,
cuando se hallan extinguido las fogatas,
a dónde irán,
cuál es su origen secreto,
peregrinos de la buena voluntad,
devorándose juntos,
en el sonido de sus palabras.
Es la historia, filosa navaja,
sea una advertencia,
templando los días por venir,
aun cuando el universo conspire en contra,
allá está la verdad a su enigma,
madeja de mentiras,
carrusel nocturno de humana factura,
allá van,
cuando la noche es más oscura.
Soldados de una guerra sin final,
algo aprenderán entre la destrucción,
marionetas de un poder superior
que reside en una catacumba en llamas,
aquí van y vienen.
El día más largo,
dibujando en el horizonte sin cariz,
caen las piedras el cielo,
sobre el alma de los inocentes,
quién es realmente puro de corazón,
cuando en este mundo,
naces siendo pecador.
Aquí están,
con las manos vueltas cristal,
frías y rotas,
fuera de la sombra sin nombre,
sin hablar o respirar,
silencio, queda tras la muerte
del corazón que les permite
considerarse parte de esta inmensa humanidad.
Ilustración: "El Túnel" por Paul Delvaux

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