Imágenes impresas en los ojos,
descoloridas como un cielo opaco,
lejano, frío, húmedo,
una quietud que abraza el mundo,
un mundo navegando bajo el mar
que soporta sus islas,
nuestras nubes.
Crecidas en la oscuridad,
envejeciendo como los planetas
se mueven naturalmente,
petrificados cuerpos que sonríen
ante la luz de la cámara,
una ciudad o plumas en las manos,
una onda escurriéndose fuera del agua,
arriba, sufriendo en silencio.
Qué pueden decir,
las imágenes convertidas en personas,
un monstruo se oculta mientras llora,
una, dos, las veces que sean,
marchando sin hacerlo,
bocas que no emiten sonido,
la nada sucediendo en este momento,
bajo el mar de gris infinito.
Es fácil perder la mente,
cuando sus instantes ya no vuelven,
borrosos, dolidos,
permanecen las fotografías,
imágenes aferradas en la piel
de las manos,
cada paso duele por llegar,
es la distancia,
existiendo en el aire,
en los días que desaparecen,
en promesas sin realizar,
el mínimo placer capturado,
el cielo y sus nubes,
las islas y el agua,
los cuerpos y sus caras.
Fotografía: Paul Thorel

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