Hubiste dibujado las alucinaciones,
bajo tu almohada esta noche,
tal como en tus días de niñez,
tal como una píldora de color verde
en tu boca, el eco de una voz muerta
en el centro de tu cabeza.
Quisiste morir en cada momento,
atestiguando el fin del mundo
una y otra vez, dejando de lado
el polvo, el desorden, los templos
que se derrumban bajo el cielo,
jamás acordaste cuál era el reino
y dónde comenzaba tu infierno.
Frente al espejo,
un rostro azul te miró desconfiado,
infantil y silencioso,
distraído como lo eres tú,
instando la noche a llegar temprano,
las palabras perdieron sentido,
tus sueños, un abismo hondo
y negro, no trates de mirarlos,
de recordar o sentir el brillo del sol,
hoy, es el cañón de un arma...
Y pareciera el momento de perdonar,
la ceniza que desprenden tus ojos,
la nostalgia indomable gritando
desde tu pecho, por tus manos,
formando en el aire hueco,
una sonrisa congelada en el tiempo,
buscando lo que nunca tendrá,
un deseo nonato e imposible.
¿Cuál es el punto?
De permanecer en la misma edad
por siempre, la juventud es dolor
y electricidad, disgusto eterno,
rejas que aprisionan, incandescentes,
mortales, un punto negro perdido en
el fondo del universo.
¿Cuál es el motivo de los sentimientos?
Coludidos con el silencio de la nada,
un dibujo quemado,
rayones teñidos sobre las paredes,
el ruido que jamás desaparece,
las alucinaciones de tu niñez,
apurando la caída de la noche,
sin remedio, sin Dios, sin voz,
y tú, con todo el miedo detrás,
atrapado en un planeta blanco.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario