Ay, destello blanquecino,
bajando en un copo de frío penar,
abrazando un sueño sin cumplir,
deseo perpetuo por lo imposible.
Y en la noche habitan los gritos,
una lluvia imparable y amarga,
en tus labios puedes tantear su dolor,
cuando en la noche habitan los monstruos,
las debilidades de un pasado
y el pavor en cada rostro por su futuro.
Observa en tu divinidad contrariada,
el recorrido de estas almas pequeñas,
sin perdón, sin bautizo de la estrella,
yendo hacia donde erige la oscuridad
su fruto, sus fauces, su rugido,
obtén un instante de misericordia,
corta el hilo,
separa tu mente,
corta el corazón
en dos.
Y si la vida es sólo una pesadilla,
envuelta con tu luz cegadora,
alas de polilla de grueso agitar,
espera pronto por el sabor,
de la tibia miel,
un momento tan fugaz,
cuando una pregunta es condena,
misma a susurrar sin motivo,
qué existe más allá.
Si los días están despojados de calor,
si no existe más que nieve,
si esta carne no resiste más dolor,
un golpe, una quemadura,
caminar directo al vacío,
la ruta de las almas pequeñas,
dales, Señor, tu mano,
en esta vida compasión no hallaron.
Y destello,
ahora no tienes camino,
avanzando a ciegas,
la carne y hueso es mero engaño
de malas intenciones,
el cortejo de lo que siempre
se rompe un corazón,
sea entonces, una roca sin quebrar,
como el recuerdo,
silencio de aquellos que ya partieron,
su recuerdo,
lo último que gritarás
en el más horrible de tus sueños.
sin esperanza
ni descanso...

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