Cuanto más vivo,
más observo y más deseo,
tras el cristal de un aparador,
paralizado en estas extremidades de plástico,
mías, sumergidas en un mar de aire,
donde los días cruzan iguales,
donde existir es una broma cruel.
Imaginé soñándome en cuna de plata,
envuelto con mantas de seda,
durmiendo con los parpados abiertos,
con las manos hechas de carne,
donde no hay eternidad
y la piel reciente los años,
escondiendo tu nombre,
obedeciendo los colores que
se caen del cielo,
de aquí, hasta que dure la vista,
lo que dure respirar sin
una piedra en la espalda.
Y cuanto más deseo,
me acerco lentamente al borde,
donde el camino de regreso
es siempre estrecho,
aciago límite entre realidad y mentira,
lo material contenido entre los
dedos fríos de la mano
y la ficción más tórrida,
más sublime, finalmente impactando
entre la distancia que separa mis ojos.
Y descubro que estoy de frente al enemigo,
de pie, mirando directamente en su pupila triste,
es mi karma, es mi nombre, es mi destino,
acercándome muy despacio al límite,
entre quien soy y lo que nunca seré,
cómo puede ser verdad lo que digo,
el miedo que serpentea en mis palabras,
cuán destrozadas y miserables,
cual mi presencia en el espejo,
un paso equivocado
y resulta lo más fácil caer...
caer en la misma vacía promesa
de abatida prosperidad.

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