Este sabor acosa la faz de la tierra,
rey en costas y cenit de volcanes,
sentimiento blanco y dolido,
quiero saber,
lo que es tenerte entre las manos,
quiero saber,
lo que es sufrir por la eternidad.
Solté un grito,
ahogándome en el fondo del vaso,
giró mi sangre como en un remolino,
estuve andando toda la noche,
aullando con los lobos
en comisión de aprender su lengua,
transformándonos bajo el rayo de la luna,
cuánta pureza reunida y sin calor.
Prefiero el aroma de las flores,
escapando de un agujero negro,
derritiéndose tras el ocaso,
una estaca en el centro de universo,
ahí donde la muerte no tiene poder,
no tuve remedio,
sentí todo el odio,
expuesto para siempre en contra,
de toda lógica o emoción.
El sabor siempre es amargo,
una extrañeza en el corazón,
caminando en reversa bajo la lluvia,
en mis manos, es siempre lo mismo,
estoy a punto de dimitir,
aura bondadosa,
permaneces al fondo del vaso,
viéndonos las arrugas en los ojos,
amargo es el rencor,
sin poderlo escupir por la boca.
Fotografía: Arno Rafael Minkkien

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