Amanecer en medio de la calle,
con los zapatos puestos,
andando sin soñar,
y un nombre que desea volver
a la profundidad del mar.
Los minutos se reflejan en el pavimento,
el tiempo no cae en vano,
como la lluvia nocturna que lavó
toda tristeza, como el recuerdo de los diez
años perdidos desde hoy.
No quiero avanzar,
aun cuando el sol deje de pestañear,
cortando las palabras para dárselas al papel,
devoradas, últimamente humilladas,
bajo ruedas que se queman en un parpadeo,
empújame fuera de la realidad,
lleva la cuenta de los versos,
las plumas gastadas
y las notas derribadas.
Sujeta la corbata,
las mancuernillas,
tu sombrero volará con el viento,
levantándose al primer suspiro,
anota tu último año,
la fotografía se quema,
tus zapatos reflejarán tus ojeras
y el neón de tus sueños
llenará mis manos con su sustento,
porque ahora te confieso,
ese reflejo es el mío.
En medio de la calle,
mis pulmones se congelan por la humedad,
disfrutando de los primeros rayos de sol,
un latigazo frente a los ojos,
bajo el cielo tallado con neblina,
tan distantes lucen los planetas,
cuál es el camino,
hacia dónde podemos empujar,
cuál es el precio de cuidar estos zapatos.
Y ahora que sólo quiero saber,
me niego a recordar,
el gris de los días de ayer,
el resplandor de tu terso y cálido aire,
los colores santísimos cobijados
en palabras maravillosas,
y ahora, a quién puede importar,
lo que se traduzca del futuro,
lo que caiga de ahora en adelante,
de este inmenso cielo desalojado.

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