Sabes de los muertos,
sus caras encima de tus manos,
sus cuerpos son la sombra que cubre las tumbas,
y bajo el agua profunda en tus ojos,
no existe el destino.
En el éter llenas tu pulmón,
el recuerdo de una familia perdida,
tan carente de carne y hueso,
su sangre dio de beber al pasto,
naciendo de las vísceras y excremento.
Grotesco,
carne separada de su cuello,
el peso de sus cabezas,
neutraliza la vista,
nada hay por temer ahora,
quien busca absolución,
cuando la muerte es cauce natural,
un rostro de sonrisa gastada.
El daño es uno,
un sueño que sale de la boca y perfora el pecho,
una profecía que nadie quiere,
atentando contra aquellos que viven sin temer,
el daño es bueno,
la ambición y la certeza,
el amor único,
el odio verdadero.
No hay momento para dormir,
el péndulo ondea como la bandera negra,
y mis ojos son murciélagos en la noche,
cazando cada insecto vivo,
dentro o fuera de un fuego ante la oscuridad
siempre resplandece,
el olor a carne quemada,
un gusto por la macabra hechicería,
conocer la condena de sus hijos.
Tras años de espera, nada llegó,
escupí las palabras en otra boca,
desesperando con aliento visible,
con revólver en mano,
soy alguien razonable,
la vida espera quieta,
mirando en silencio,
Grotesco,
cabezas colgadas en la vergüenza de nacer,
el pecado y las artes que nadie vende,
sangre manchando en lo alto la pureza
en el cielo, un blanco inmenso,
y quedan atrás, enterrados,
cada uno de los tortuosos recuerdos,
el sabor salado de la tierra,
un rostro chocando contra el suelo.
No se trata de asesinar animales o dioses,
es resarcir el daño que generó la misma mano,
ahora, el fuego está ardiendo,
la noche y la noche es densa,
para honrar el sacrificio, para perder tu nombre,
dejando atrás la carcajada,
la misma que siempre hiere,
que siempre corteja.
Ilustración: "La muerte y el avaro" por Jan Provoost

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