Fría sensación la de un cuarto solo,
a oscuras en silencio,
ocultando el aroma que no filtra los párpados,
la imagen adusta de un bote en alta mar,
ardiendo despacio,
yéndose lejos,
donde la voz no lo alcance...
Oh, momentos tan bellos,
en cuanto el sol responde con su arribo,
equivalente a un fuego de conocimiento,
al recuerdo de un baile por encima de las estrellas,
celestial como ninguno,
semejando la música en aquel cuarto vacío,
a un puño helado de monedas que cae.
Y por debajo de las nubes,
tras sus pómulos grises,
espeta un saludo la luna nueva,
ocupando sus ojos de mirada azul,
a vigilar los bordes de la tierra,
yendo de un lado a otro cuando el ocaso arde,
como solución de esa rabia incandescente,
bajando como refrescante llovizna
por siempre despojada,
y ahí va el barco,
a la deriva inagotable dentro de un cuarto.
Afuera, nadie podría escuchar el grito,
porque antas las distracciones, los aplausos y susurros,
las pisadas, los golpes, las explosiones,
ungiéndose en favor de propios y desconocidos,
necesitando un sorbo de alcohol caliente,
inhalar la compasión del mirra,
aquí sentado espera un hombre,
frío por tan desolado destino.
Algo está por suceder,
el descubrimiento sacramental de una reflexión,
ante palabras de tan usadas, hoy son excesivas,
pero basta mencionar la infinita espesura del cielo,
ese mar donde las estrellas son ceniza,
alimento para ángeles feroces,
desprendiéndose como fragmentos
de un tesoro mayor...
Y resulta ser la señal,
la puerta de paso libre para ascender en espíritu,
librando al cuerpo de ansiedades inútiles,
adiós entonces a la comodidades,
a los remedios, a las adversidades,
adiós a las condenas y sus dudas,
la vista dominante más allá de la frialdad,
del cuarto donde habita la oscuridad...
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