Este mundo es el cuerpo,
devorándose a sí mismo,
en un rocío de luz,
es la vertiente blanca de tambores,
latiendo en el interior de su pecho,
truenos recién paridos.
Si en esta dimensión,
no existe tal cosa como los enemigos,
¿Qué traerá la noche para garantizar supervivencia?
Aquí las centellas, son ramos inmensos de flores,
conformando al ras del suelo,
una figura carente de rostro,
y su voz fantasma dicta
la oscuridad en el firmamento.
¿Cuáles son las señales de su amor?
Aun cuando este mundo lo niegue,
la llama en su corazón con recelo arde,
de sus sueños, la noche despliega un eco
atravesando el concreto,
sus lágrimas son cascada que libera chispas
de electricidad, y he aquí el sollozo,
una caminata larga sin retorno.
Oh, de su corazón maltrecho,
el corazón cansino de nuestro mundo,
y agoniza tras la tormenta,
tras parir a millones de
hijos desobedientes,
vampiros sin nombres,
acallados por un rastro de luz,
cuando la sed parece no terminar.
Si en esta dimensión sólo hay amigos,
van capturando motas de polvo con su lengua,
percudiendo paisajes verdes,
con palabras frías,
ahora, es el momento iniciático,
la caída por la vorágine sin alivio,
espectros de luz y ojos puestos en el ocaso...
La venganza de crisol eterno.
Ilustración: "Woman in the wilderness" por Alphonse Mucha

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