Qué gusto saberse,
perdido, desfasado,
tan lisiado para conocer,
el dictado inerte del propio corazón.
Esta enfermedad existe en la cabeza,
alucinando con los valles y montes desnudos,
el sudor a raudales y una lluvia de verano,
es el sol único juez y partido,
ahora que yo, el yo, el testigo,
se fue prodrido como la fruta de ayer.
Andamos sin decir la verdad,
a la "deriva" una vez más,
intimidando lo desconocido,
y con el gusto sin que nadie sepa,
cuán fría es en verdad la vida,
otra astucia con sazón equivocado,
el camino roto de un crital estrellado.
Es momento de terminar,
mendigando palabras como si fuesen caridad,
de ahora en adelante,
es el final, es lo que dicta el final,
alcanza para mil y más,
tremendo accidente por suceder,
cuál es la fecha de nacimiento,
críando cuervos para sacarte los ojos.
Aquí termino,
pero jamás inicias tú.
Ilustración por Gustave Doré

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