Me desperté y la mañana vibraba,
en una centella idílica de aliento
y calor afable,
mis ansías eran jóvenes,
el país se cubría con lluvia
los árboles crecían frondosos,
con un verde que contagió mi pupila,
era pura energía en mi pecho,
toda robusta alegría.
Fui único,
atado a uno de esos árboles
o creciendo como un océano,
fuerte y siempre dispuesto a fluir,
fue un reflejo de la luz de sol,
nuevo cada día.
Sí,
también argumenté tristeza,
quería descubrir la vida,
escribiéndola en papiros mojados,
eran días diferentes,
el mundo se abría en cada instante,
siempre para mi.
Y fue un sueño,
alto como una montaña poblada
de colores platinos y pardos,
ese fui yo,
un destello iluminando
las noches sin estrellas,
mi voz, el eco que
estuve esperando,
ese momento,
sublime y un instante,
significó algo mi vida.
Aquella alegría
es precioso recuerdo,
de risas vivaces que se fueron,
del halago que da
la poesía al corazón,
un baile sin remordimiento,
la etapa que rompió el miedo,
antes de mirar diferente
esta y cualquier otra vida,
percudida
aislada,
sin color
tan amarrada
por la ira,
perdida
sin emoción.
Ilustración: "La metamorfosis de Filemón y Baucis" por Janus Genelli

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