La vida se conoce como un circo,
riman los animales con sus penas,
presentándose por algunos instantes,
volcando su sonrisas
y desapareciendo.
Salidos de las parcelas,
lucen como relámpagos,
trovadores de la tormenta,
seleccionando los instantes,
más allá del diálogo,
un rostro plano,
voces que no callan su tenor,
soportan los ventarrones,
ahora puedes verla,
solitaria,
inesperada,
suspendiéndose en el aire,
una figura.
Faenas por miles,
tornándose jornadas sangrientas,
durmiendo por encima de aspiraciones,
tan comunes,
tan mundanas,
entonándose como una balada,
tan humanas,
mirándose frente al espejo,
látigo en mano,
los días se mueven,
a través de un tremendo
sendero de espinas,
donde las carpas son una con el cielo,
en el fulgor de los aros dominados por el fuego,
resoplan los elefantes,
cantan,
es ella, su disciplina,
para un mundo sometido,
para sentimientos encontrados,
cantan,
gritan,
gesticulan
la poesía viajera,
viciosa y encandilada por el descubrimiento,
las noches son más certeras,
cuando fallece noviembre.
Golpes,
bajo el corazón,
siempre el mismo ritmo,
cortándose con papel.
Golpes,
contraponiendo las palabras,
sílabas y obras de arte,
otros aplauden,
ríen.
Merito de fumarse cada cigarro,
cien por noche,
entre garras de tigres,
entre aletas,
entre viejas barbas,
véanse ojos vacíos,
beodos o sicalipticos,
más reciben a través de la vieja pirueta,
intestinos que miran el cielo,
instrumentos de tortura,
midiéndose a sí mismos.
Salidos de las parcelas,
lucen como relámpagos,
trovadores de la tormenta,
seleccionando los instantes,
más allá del diálogo,
un rostro plano,
voces que no callan su tenor,
soportan los ventarrones,
ahora puedes verla,
solitaria,
inesperada,
suspendiéndose en el aire,
una figura.
Faenas por miles,
tornándose jornadas sangrientas,
durmiendo por encima de aspiraciones,
tan comunes,
tan mundanas,
entonándose como una balada,
tan humanas,
mirándose frente al espejo,
látigo en mano,
los días se mueven,
a través de un tremendo
sendero de espinas,
donde las carpas son una con el cielo,
en el fulgor de los aros dominados por el fuego,
resoplan los elefantes,
cantan,
es ella, su disciplina,
para un mundo sometido,
para sentimientos encontrados,
cantan,
gritan,
gesticulan
la poesía viajera,
viciosa y encandilada por el descubrimiento,
las noches son más certeras,
cuando fallece noviembre.
Golpes,
bajo el corazón,
siempre el mismo ritmo,
cortándose con papel.
Golpes,
contraponiendo las palabras,
sílabas y obras de arte,
otros aplauden,
ríen.
Merito de fumarse cada cigarro,
cien por noche,
entre garras de tigres,
entre aletas,
entre viejas barbas,
véanse ojos vacíos,
beodos o sicalipticos,
más reciben a través de la vieja pirueta,
intestinos que miran el cielo,
instrumentos de tortura,
midiéndose a sí mismos.
Resoplando en tanto la orden
es dicha,
tomando dictado,
los huecos en la mano,
fría es la noche,
regulando los golpes,
protección,
son amuletos,
son rasgos del polvo,
en sus rostros,
traslucidos ante el influjo de la estela
en el primer rayo de sol,
amanece y otros conciben,
el sueño profundo en sus jaulas,
otros permanecen,
rayando con la tinta,
teclas bajo las yemas,
sangre alrededor,
bajo el agua profunda del mar,
donde los elefantes envejecidos,
se bañan asistidos por ángeles,
donde se bañan y asisten a morir.
Sabe ella.
Esperar más allá de los lamentos de la bruma.
Sabe ella.
Porque es.
Dueña de un destino sin igual.
Sabe ella.
Carece de tristeza,
sentándose afuera,
ensoñada en el balcón,
y llueve para ella,
parece un momento infinito,
y está durmiendo,
moja su rostro
y sonríe,
y sólo es ella.
Es ella.
Ilustración: Remedios Varo
tomando dictado,
los huecos en la mano,
fría es la noche,
regulando los golpes,
protección,
son amuletos,
son rasgos del polvo,
en sus rostros,
traslucidos ante el influjo de la estela
en el primer rayo de sol,
amanece y otros conciben,
el sueño profundo en sus jaulas,
otros permanecen,
rayando con la tinta,
teclas bajo las yemas,
sangre alrededor,
bajo el agua profunda del mar,
donde los elefantes envejecidos,
se bañan asistidos por ángeles,
donde se bañan y asisten a morir.
Sabe ella.
Esperar más allá de los lamentos de la bruma.
Sabe ella.
Porque es.
Dueña de un destino sin igual.
Sabe ella.
Carece de tristeza,
sentándose afuera,
ensoñada en el balcón,
y llueve para ella,
parece un momento infinito,
y está durmiendo,
moja su rostro
y sonríe,
y sólo es ella.
Es ella.
Ilustración: Remedios Varo

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