Dios camina con nosotros,
me gusta saberlo,
voy mirando de frente la cámara,
perdiendo ambos ojos,
en el arrebato de un disparo.
Trayendo a los muertos de vuelta,
tras una puesta de sol infinita,
cuerpos desnudos hechos con arena,
flores que se pierden en el mar,
ahogándose lo que dura
la eternidad.
Cargas estrellas en tus manos,
mira, se cae poco a poco el cielo,
es un dolor punzante,
ahora, brilla la luna en tus ojos,
tan vivo, tan cercano,
y es advertencia,
aquí termina la línea,
donde los siglos se protegen
de la inclemencia del aire.
Dilo,
puedes traer a los muertos de vuelta,
a este mundo maravilloso,
un sueño vuelto realidad,
y sus huesos, carne y pelo,
el olor de un vellocino dorado,
y dilo, quieres que beba de la copa,
miraremos una, dos, cien o mil almas,
caer por la orilla.
Y lo sé,
me lo dijeron las voces,
de aquellos que reviviste,
en el centro de tu pecho,
aquellos que perdiste,
al cerrar los parpados,
tú quemaste mi poesía,
en el centro de una plaza,
cuando llovía, cuando mi cabeza
fue cortada, cuando tus manos
se llevaron mi sonrisa.
Y juro por Dios, como mi testigo,
en el centro de este mundo,
habiéndolo imaginado tantas noches,
de pie mirando por la ventana,
quemaste lo último de mi corazón
con el fulgor de tu veladora,
siendo tuyo el último día,
el más largo de la vida.

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