Sentí la ausencia
de una idea equivocada,
respiré con la cabeza
bajo la penumbra,
moví los pies y deshice
el peso de este mundo,
cayéndoseme en los hombros,
todo fue somnolencia.
Y cuidamos las palabras,
aun después de morir,
colectivos que vienen y van,
fuera de los límites de la sociedad,
reclamando la justicia
que jamás tendrán,
nuestros pies descalzos
ya no se mueven.
Hemos perdido el ímpetu,
en la mirada, en las acciones,
los días parecen haberse congelado,
y el tamaño de tus ojos nada dice,
ahora lo sabemos,
la vida dura más que eso.
Y no puedo decir,
si una centella equivale un pulmón,
aquí en la tierra,
sangra el paladar, el muñón,
porque tanto fue el deseo,
una carta sometida por la desesperación,
oculta por la tempestad.
Y quiero que tus venas,
sienta la depresión,
no vale gritar sin motivo,
no desesperes,
los imbéciles imponen
sus motivos,
porque hoy,
el dolor es gratis.
No vendo rosas,
para que acerques tu nariz,
no pretendí mejorar el mundo,
soy tan ajeno y ahora lo sabes,
un humano sin cables,
y pretendo emocionarme
por el tamaño de tus ojos,
mis labios se mueven,
obsérvame mientras duermo,
nunca tendrás mis sueños.
Tienes una bomba de tiempo
quemándote las manos,
prefieres no ver lo que sucede,
tu lengua es una navaja,
pupilas que te ofrecen su amistad,
y un cielo muy grande arriba,
muy lejos, todavía.
Ilustración: "Ojos sobre una mesa" por Remedios Varo

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