Habré dormido en alas de un ángel,
cuando mis párpados no se habrán
a la luz nunca más.
Habré esperado hasta la medianoche,
para mirar los ojos del cegador.
El sol detenido por la eternidad,
más allá del abismo,
guía inequívoca de mi destino,
aun si resulta un sueño,
una fantasía vana...
He perdido mis piezas,
fuera del tablero,
de esta vida tan momentánea,
los parpadeos, las risas,
bajo el agua,
rasguñando las capas
del silencio,
largas e inconclusas.
Dormido en esta habitación,
resbalan mis lágrimas hacia la almohada,
acallando para siempre la voz,
los suspiros, los gritos,
quiero sanar con su frondoso racimo,
los segundos que se deslizan
hacia la nada.
Vida,
vida que adoro,
cuánto duele mi corazón,
tras un arrebato de cólera,
postrado en esta cama,
lo que siempre deseé
un cielo negro,
las sábanas húmedas,
arrancándome los ojos,
las tripas,
las alas,
el éxtasis
en un suspiro.
A dónde vamos,
con una mano sobre la otra,
a la deriva,
en el brillo tras su
inefable aleteo...

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