Siempre quisimos cambiar el mundo,
de eso trata la juventud,
egoísmo que impulsa a crecer una montaña,
esperando una oportunidad entre miles,
estos ojos nunca más se detendrán,
esperando una palabra entre un millón,
enloqueciendos.
Fuimos los primeros,
porque el ímpetu es luz y oscuridad,
una fuerza para sobrevivir,
libertad o demencia,
fuego que arde dentro del pecho,
un latido tan grande
y fuera de control.
El ser humano,
último en mencionar su nombre,
todos somos él,
una parte,
mínima o inmensa,
pendencieros a través de este mundo,
una esfera sin voz.
Heridos por las mentiras,
tristes por no realizar un deseo,
la vida dura lo que un parpadeo,
es el mismo sueño de siempre,
colonizar el sol,
librarse del vértigo,
sanar con las palabras,
amarrar los sentimientos
que se escapan como potros
sin dueño.
Siempre quisimos conquistar el mundo,
aun cuando no sabíamos caminar,
transformando nuestra vida,
intercambiando nuestros ojos,
bebiendo de la única lágrima,
siempre quisimos ser otros,
saber lo que se siente,
quemar las naves,
arrancarse la piel.
muy despacio.
***
Te guiaré por el filo de la navaja,
desprendiéndonos de la desesperación,
sin otro color que el de nuestros ojos,
fuera de las cobijas de la tentación,
verdadero motivo del caos.
Y sueña con una razón,
para que nadie pueda escuchar tus gritos,
en tanto escribo lo que ocurrirá a continuación,
la pereza, el llamado de la eutanacia,
saliendo de este cuerpo,
llegando ante las rejas del cielo,
colmando de halagos una existencia
que nadie merece,
un tiempo distante,
una misión la cual perseguir...
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