Viví temiendo los horrores,
cuando este mundo ciego,
se acompañó con una hoz y martillo,
seguimos una bandera sin rencor,
quemando los libros,
indagando por un bien superior.
Recuerdo las tardes en la pradera,
cuando los veranos nunca mentían,
momentos felices junto a
mi familia, bebiendo juntos
del aire cálido, acercándonos
peligrosamente a la orilla.
Nunca entendí lo que el amor
pregonaba en mi puerta,
sólo vi por la ventana
cuando los borregos llegaron al matadero,
dije entonces, sácame de este sueño,
antes de arrepentirme,
antes de adorar lo abominable.
Solté una mordida sin dientes,
a la piel rugosa de la manzana,
ahora que envejecí,
dolieron como si me odiaran,
acerqué a mirar de frente el abismo,
una boca sin lengua ni luz,
mordí la calle sucia y helada,
alguien vino y narró su penitencia,
aquí, en algún lugar,
jamás opté por sobrevivir.
Recibí una carta con amenazas,
un régimen esperaba tanto de mi,
abusar de los débiles,
degustar de la juventud con nueva cara,
mecer una cuna antes de incendiarla,
alguien vino y ladró en mi oreja,
alguien vino un día,
y jamás se despidió.
Ayer presencié un milagro,
un zumbido muy molesto en el cerebro,
todos los ejércitos abandonaron las armas,
salvo aquellos cometas azules,
salvo los pandas rojos,
salvo las estrellas blancas,
salvo la guardia negra,
salvo los titanes con franjas de hielo,
otros fueron los afortunados,
por evadir el honor
de una interminable tortura.
Alguien habló entre sueños,
cuando sus parpados imaginaron
una televisión con vista al pasado,
alguien dijo mi nombre y olvidé
todo lo que necesitaba no saber,
alguien metió una aguja en mi muela rota,
dije "anestésiame o nunca sostendré
las súplicas de tu régimen condenado".
Perderé la cabeza
entre el fragor de las balas,
marcharemos para arrepentirnos
de tanta sobriedad,
por el mismo camino donde
tantas veces,
ya estuvimos.

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