No basta un trago,
la pesadilla no desaparece,
un extraño esperando en la puerta,
y mis manos, tiritan sin detenerse.
Me pregunto si acaso es verdad,
este cielo carmesí de luna gris,
un dejo de la extinción,
los extraños bailan sobre las nubes,
comienza a llover
y sus lágrimas derriten nuestra piel.
Las voces susurran,
aun cuando mi cabeza yace impregnada
sobre la almohada,
derribando los muros de lo que ya no está,
la mancha se extiende por la blancura
de las sábanas.
Y a pesar de encontrarme huyendo,
por un campo verde sin techo,
lentamente me ahogo,
y estoy llorando,
a punto de ver este mundo morir.
Al despertar,
todo sucedió en mi cabeza,
la pena y sufrimiento,
estar por siempre encerrado
con este dolor que no se va.
Me queda escribir toda la noche y día,
transformando el insulto en luz,
remediando las consecuencias,
un intercambio justo con el destino,
los recuerdos felices,
por un instante ínfimo de caridad.

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