El sonido aparece muy quedo,
un murmullo estallando en lágrimas,
una fuente libera sus aguas,
una corriente fría a mitad de la noche,
agua cristalina la que escapa,
perdiéndose en un sueño,
un sentimiento falaz en el centro de la tierra,
es cuando brillan con más fuerza las estrellas,
serenata que brilla sin motivo,
salvo para el secreto deleite de los ojos
que resisten la influencia del agotamiento,
aun si la vida promete desaparecer,
desvanecerse tan repentina,
incoherente como no deberían fraguarse las palabras,
y estas gritan como si fuese domingo a medio día,
a pleno repique de campanas,
exhalando con toda fuerza y calor,
el sol es un ojo inextinguible,
sin embargo, tanta luz es apenas perceptible,
un tesoro reservado para el primer latido de un corazón,
aun por nacer, aun por volar,
si rehusas despertar, volver a la libertad de la vigilia,
será lo contrario a la sofocante lobreguez,
enterrados en el fondo de un cristal hermoso,
transparente y garigoleado con la silueta de las olas,
su rumor se estrella contra las rocas pálidas,
tus manos sin defensa, tu alma sin voz ni nombre,
muy en el fondo de tus recuerdos,
tal como si jamás hubiese ocurrido,
un suspiro perdido en la corriente de aire,
anoche cuando el cabello parecía incendiarse,
cuando el recorrido fue tras cada ventana iluminada,
tras las paredes en su fría cantera de consuelo,
ahora, en este instante en el tiempo,
durando lo equivalente a la eternidad consumada.

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