Puedo ver bajo el agua,
el movimiento natural del sol,
viene y baja, gira y saluda,
sumergiéndose en lo blando de mis ojos,
su luz parece imposible de negar,
aun cuando la vida ya no se trate de respirar.
Y emerjo en silencio,
cuidando el daño más próximo,
uno o dos rasguños,
los gritos escapan entre la espuma en la orilla,
el mundo es ahora un vacío tan inmenso,
es el mundo, un profundo agujero negro.
A veces, todo lo que busco es beber el aire,
mirando por fuera del agua,
por delante de la hierva,
cuando la noche se presenta y se necesita
encender una vela, su reflejo y brillo,
incandescencia sin motivación,
moviéndose al son de los planetas
con sus mil estrellas y rocas flotando alrededor,
al centro, afuera y adentro.
¿Podría ser yo, el sueño de un gato?
Deambulando sin temor por callejones,
escribiéndole cartas a nadie,
aquí el silencio es uno y vale un tercio dorado,
la impunidad y el decremento,
las voces que susurran tras la pared,
este olor, incienso de fantasmas,
y el poco afecto que le tengo a mis deseos.
Escondido en el fondo del espejo,
intentando salir,
doblegar el miedo en este fragor,
es demasiado tarde,
aquí viene, sube y baja,
la panza caliente del sol,
estoy hundiéndome de nuevo,
dibujando una cara sin nombre,
obra de un relámpago,
abrazando las cenizas y cambiando
continuamente de lugar.

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