Quiero escuches,
el sonido quejumbroso de mi voz,
en cualquier hoja al viento
o quemándose en una hoguera,
quiero recuerdes tu último cumpleaños,
una fotografía congelada en el tiempo,
perpetuándose en la entraña de mi corazón.
Escribe para mi, un manifiesto,
reserva en tus ojos, algunas horas para dedicarle,
sentados frente a frente, tras cualquier pantalla,
hundiéndonos en el océano de noche,
colmado con mil estrellas y que su refulgente luz,
sea la inspiración que te libere.
Reconoce estas calles como los pasillos,
donde el eco habita y duerme encerrado,
soñando con escapar y dejarlo todo atrás,
con el aire golpeándole la cara,
si algún día supe del final,
si algún día tuviese que llegar,
andando sin control por el pavimento,
como alma en pena sin nombre o seña.
Aquí vamos,
con el mismo sabor amargo en el labio,
tratando las derrotas con amargura,
vertidas como arena en un reloj,
aquí vamos,
desvistiendo las horas que saben eternas,
sin más poder o privilegio,
que morir en cualquier momento.
Tengamos un segundo día escribiendo,
para no rechazar los halagos,
columpiándonos para esquivar la lluvia,
abocada, estridente, un todo que sucede afuera,
quiero escuches el latido,
de los corazones rotos y dientes sin forma,
caídos de su podio alto e incierto.
Y extraviados somos del papel y la tinta,
más allá de esta carne y sangre,
la escritura configura estalactitas
y médulas y entrañas y el conocimiento
de los amantes dominándose,
estos ojos habrán dejado de ver,
por alguna causa que puedas tú creer,
que te pertenezca, tan cercana, tan propia,
que las palabras no alcancen a soportar,
el halo entre nosotros,
un rumor que brota desde el cielo,
desde la tierra de envuelve la tumba...
Ilustración: "Dos calaveras" por Julien-Adolphe Duvocelle

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