Cuanta razón tienen los latidos,
vueltos en fruta rancia,
cuanto más pasa el tiempo,
juventud nos abandona silenciosamente,
y aunque parece nunca doler,
el remordimiento perdura siempre.
Cuanta razón habita en el silencio,
un minuto en total oscuridad,
ahí se nubla la vista,
donde los días que se fueron,
auguran bancarrota para las promesas por venir.
***
Cuanta belleza, la de cada palabra,
solitarias en su concepción,
perdiéndose como un recuerdo sin valor,
de humanidad insulsa que pervierte la inocencia,
cuando todo cuerpo se somete a la madurez,
un audaz giro que nombramos destino,
pero dónde queda la vitalidad,
dónde la alegría, la sorpresa,
dejamos atrás los minutos castigados,
capa tras capa de piel que se rompe.
Cuan esbelta es la verdad,
abrazando el mismo cuerpo en la eternidad,
alrededor de este sol amarillo que pinta
de blanco las nubes,
que sumerge su destello en el azul oceánico del cielo,
detrás de su rostro canicular y afable,
muy por debajo de nuestra concepción del mundo,
muy arriba donde las estrellas hierven cuando
hacen el amor, su período celestial,
cuando inicia el crepúsculo del color,
de los sentimientos, volviendo real la imaginación.
Cuánto más hay que esperar,
si la sincronía no es suficiente,
en la integridad de la noche concluye su odisea,
el sueño de recuperar lo perdido,
la esencia diluida con la que nacimos,
un movimiento tras otro,
descendiendo por un tobogán hasta perderse,
a través del cosmos desierto,
inhalando armoniosamente su benevolencia,
llano intento de no regresar la mirada,
vastas longitudes que nadie ve,
nadie toca,
nadie puede.
Ilustración: "Eclipse de sol en Venecia" por Ippolito Caffi

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