Terciopelo,
a razón de un toque ligero,
colores encendidos en el ojo,
atrayentes en un cortejo,
tras el nombre de una bestia,
los restos de un cuerpo,
caídos con el relámpago.
Y siempre alguien observa,
con sus cuernos ocultos en la negrura,
en lo denso, en lo inconforme,
contrae las cuerdas,
en muñecas, tobillos y cuello ajenos,
colgando en lo alto del cielo,
es una capa que ríe.
Estas manos sobre la mesa,
rompen las cartas,
muy lento su cara parte
con el filo de una piedra,
vertiéndo un camino con sangre,
y es su único deseo o destino,
una carcajada o quizá mil tormentas.
Y cuando las horas de la noche
terminan incompletas,
el fuego de una veladora es guía,
fuera de la laguna del silencio,
lejos de su profundo ahogo,
sin mirar estas manos
que lento desaparecen,
que irreductible libran de la muerte.
Ilustración: "Sin título" por zdzisław beksiński
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