Bajo el guante,
tirita la mano,
cuando sus ojos no funcionan,
mil bebés nacen tras un resplandor,
su piel se expande,
en rabietas de un cuerpo,
un cuerpo gigante,
la razón de las pesadillas,
eso, bramándole a la luna.
Es el destino un placer incierto,
un mar de monótonas voces,
tragadas por el miedo,
en un mundo sin luz ni fe,
derrumbado en toneladas de polvo,
y el fantasma de una rata,
suma sacerdotisa de este páramo
que no ubica el perdón.
La visión es esta,
al cerrar los párpados de cansancio,
sin poderes que reanimen a los muertos,
qué será entonces,
de los bebés viviendo bajo el suelo,
desciende la lluvia parda,
reflujo de miserias,
ya nadie es libre o feliz,
es la vida otra ciudad perdida,
frágil como el cristal de la noche.
La mente colectiva escupe al cielo
para recibir lo que venga de vuelta,
es la parte sustancial de un cuerpo
sin rostro, pronto a ser degollado,
cortado y frío en miles,
un goteo de mentones, pezones,
es gente flotando en otro espacio,
el grito helado en sus ojos,
órbita vulgar donde gira la carne,
piensa en esto,
cuando te despojes del guante.
Qué es de la vida,
tras un chasquido que da y quita,
el mismo sueño entre los dedos,
cabezas sin esperanza, sin otro remedio,
derivando su estancia entre los rayos del día,
un hueco sin fin afuera en la ventana,
el fantasma de una rata,
suprema gobernante de este páramo
que nunca poseyó una voz.
Ilustración: "La visión de Hamlet" por Pedro Américo

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