Aquí están,
arribando por el camino terroso,
bajo un sol de voces sin nombre,
ruegos y entrelazadas manos,
nada bueno que dure para siempre,
es el momento,
la vergüenza.
De todas las noches,
este viernes es arenoso,
apareciendo bajo una luna de horrores,
con este coro de voces que llega
a mis oídos sin temor,
frágiles cual cristal sin precio,
procesión de un sólo cuerpo.
Hora santa,
hora azul,
crece tras el ocaso y quiebra la carne,
toque celeste,
punzante y ensoñada,
cubre con tu velo de bruma,
nuestros latidos en silencio.
Ahora, el llanto es creíble,
rezando entre el ardor de estrellas,
tan lejanas, desprendidas de atención,
es su estela helada,
una triste promesa de salvación,
yéndonos sin rumbo en este andar,
de pie y despojados
de ansiedad o venganza.
Llegaron a esta verdad,
después de tantas horas,
arrastrar los pies, el alma, el otro,
anticipando en los huesos su declive,
uno a uno tras desaparecer,
acercan los labios,
recitando poemas hasta
que su corazón
ya no pueda derretirse.
Y saben del tesoro,
golpeando su rostro,
motivos los hay,
bebiendo para olvidar,
con fuego y polvo,
arropo para mi voz,
fantasma, penumbra, desvelo,
no puedo distinguir el amanecer,
este andar entre las espinas,
asfixia que hiere el corazón.
Sólo una semana,
la visión de tumbas y rayos
que lavan esta pobre tierra,
observando de lejos,
la verdad de esta hora santa,
a punto de desvanecernos,
porque fue tanto el tiempo,
que soñé en la oscuridad.
Ilustración: "Venganza" por Adrian Aubry

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