Sabor del vino,
un alma encerrada,
sirviéndose de
Canté el fin del mundo,
la cera que arde,
moldeando un corazón,
decantándose a través
moldeando un corazón,
decantándose a través
de un latido,
convertido en rumor
del eco.
Sordo,
es el nombre del silencio,
Ciego,
es el rostro del amor,
Mudo,
es el latido de mi corazón.
Hibris,
Sordo,
es el nombre del silencio,
Ciego,
es el rostro del amor,
Mudo,
es el latido de mi corazón.
Hibris,
cómplices al guiñar un ojo,
me rindo a mis deseos,
algo se quema,
me rindo a lo que quiero,
en esta vida,
en este mundo,
algo se quema,
dentro de mi.
Y no es otra cosa,
que estos sentimientos,
chocando de frente,
matándose.
El tiempo dicta cosas
que nunca contemplas,
cruzando por delante de
tus ojos,
sin detenerse,
no puedes,
no puedes parar.
Tuyo es el cuerpo,
tras el ocaso,
con tu nombre
con tu nombre
marcado sobre la arena,
un halo repentino,
delinea tu caída.
He desperdiciado el tiempo,
observando la sombra
de tus lágrimas empapar
el suelo,
respirando tu aliento
como su fuese el aire
que necesito,
hoy, somos transparentes,
somos una voz que se
pierde con las palabras,
y tal como estas,
desaparecemos.
Canté el fin del mundo,
en mi cabeza,
por siete días,
mirando las estrellas caer,
esperando mantener
mi esencia cardinal,
por siete días,
permanecí expiando
la culpa capital.
No diré si fue crimen,
las cortadas aun sangran,
siendo el espacio,
extensión de la carne,
donde el tiempo dicta,
el tiempo manda,
ahora...
Sin encontrar mi camino,
Sin encontrar mi camino,
voy a través de un
desierto en la luna.
Ilustración: La caída de Ícaro, por Jacob Peter Gowy

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