Ardiendo en cenit de mi desamparo,
de pie, junto a una estrella extraña,
igualando su virtud,
soltando un grito ahogado,
el silencio y sentencia de su final.
Ardiendo,
divulgándose como un eco,
todas las noches,
disperso en el ruido
de mis huesos,
es demasiado tarde,
pero no me arrepiento.
Dentro del útero,
seleccioné mis miedos,
protegiéndolos como retoños
de un árbol,
pertenecen todos a este mundo,
y soy tan vano,
sin más opción que sostener
mi último aliento.
Toda esperanza se cae,
veloz como el relámpago,
bajo un abismo con agua,
y ahora deseo navegar,
siempre, para siempre,
por este océano de sentimientos.
Ardiendo,
sin lugar para escapar,
sobreviviendo la tormenta,
la misma condena,
con lo que queda del paraíso,
grillete y cadena.
Nada queda
Nada basta

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