Voy dentro del auto negro,
en mis ojos,
gafas pintadas como la noche,
arropándome del brillo,
mi cuerpo está muerto,
entre dimensiones,
divaga mi mente.
Aquí vamos,
después de escribir una obra con marionetas,
pintar el calor que abraza mis huesos,
de colores fuertes,
ánimos sufridos,
ambas manos esbozando perdición,
tela sobre encaje,
el color blanco del eterno vacío.
Es momento,
un brindis para satisfacernos,
el secreto replegándose tras el eco,
mil preguntas rozándome el cráneo,
desde que fui niño,
una caída en reversa,
mirando de arriba hacia abajo,
¿Cuántas posibilidades tienes de morir
repitiendo un sueño?
Aquí vas,
corazón de poeta,
no convence ni al viento,
cortando el mundo a la mitad,
esta piel se va secando lentamente,
para ti ninguna palabra suficiente,
fanfarrón sin nombre,
huyendo de tu legado,
un secreto que ocultas de la sangre,
hablado con insultos,
ay corazón,
las noches significan
siempre lo mismo.
Y sufre de la intemperie el auto,
carroza que yace lenta,
un golpe, algo que no recibo,
el fulgor de una calentura,
rojo, rojo es ahora el destino.
Tanta suerte es increíble,
nunca pensaste que sucedería,
después de un rato,
el tiempo cruza sin que lo mires,
el auto se incendia,
estoy muerto,
negro como el día,
aquí vienen las pulsaciones,
los terrores nocturnos,
la pesadilla sin nombre.

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