Desaparecer tras la luz,
en el regocijo del sueño,
lo que dure saberse vivo,
en el dormitorio,
en el silencio.
Qué podría imaginar,
tocando lo frío de un cristal,
si la vida se escapa de un suspiro a otro,
en aquellos días cuando la juventud
y el amparo eran uno,
cuando parecía tan lejano este presente,
la pesadilla de un futuro acometido
en el mayor ocaso.
Qué fue de cada bendito recuerdo,
tan sólo un parpadeo, una necesidad,
dejar el pasado atrás,
con la mayor valentía, absoluta,
exigiendo sea tal,
aunque las cadenas sean inmensas,
para vagar alrededor de este mundo,
girando indiferente y sin dolor,
con el mayor sincretísmo,
y cuanta su frialdad,
que carcome con filosos colmillos,
tras el cenizo velo de la noche.
La dignidad y tener significado
para esta vida, es la búsqueda,
es esperanza que agota,
librarse de las lágrimas,
sacrificar breve gozo,
a cambio de horas de angustia,
saliendo a enfrentar cada rostros,
las voces que se vuelven lamentos,
y si acaso, la desnudez es castigo,
cuál es el motivo de caminiar
diario entre el fuego.
Lento levanta sus fauces la sombra,
abrazando con su sábana de certidumbre,
cuál es la verdad y cuál el camino,
lo ideal o cercano a un futuro,
desapareciendo tras un rastro leve de luz,
espejismo en el centro de la pupila,
es ocaso esta necesidad,
de un consuelo,
de surtecilla para variar,
si acaso de luz,
pero esta luz nunca abriga,
nunca.
Ilustración: "Paisaje tormentoso" por Penry Williams

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