Alguna vez,
tuvimos otro nombre,
cuando fuimos el protagonista,
de la misma película,
todos, en blanco y negro
o tecnicolor,
desnudos o vistiendo un
enorme moño,
marrón, azul, negro,
esperando en la jaula,
vieja, muy oxidada,
desnudos,
sin sombrero,
empistolados,
con la mirada ciega y de frente al sol,
el significado de ser peón,
juez y verdugo.
Vayamos donde nadie nos conozca,
resignación, entonces,
el talento para escribir aún merma,
atrapándonos como ladrones viles
tras la puesta de sol,
y si el domingo se enferma,
nunca volveré,
donde nunca estuve.
Guardé con recelo,
los guiones, las instrucciones,
los sueños escapando por la puerta,
con ojos por estrellas,
el amor y la compasión fallaron,
qué pasa si perdemos el control,
hay un arma cargada,
si no alcanzamos a despedirnos,
si la motocicleta interrumpe
el camino y filosofamos demasiado,
cuántos poemas,
cuántas historias,
cuerpos por descubrir,
entre las luces de autos de noche,
andando despierto,
pero sin decir nada.
Qué hay oculto,
sino un objeto de esperanza,
algo que nos da música,
danza y alegría,
reflexiones de identidad,
que incite a matar el fascismo
de colmillos largos y alas nocturnas,
aquí el sol aparece siempre,
como en los viejos sesenta,
como en cada maravillosa película,
qué nos queda para describirnos,
una carta bajo la manga,
de herencia o suicida,
hace mucho las reglas lloraron sin parar.
Hace tanto no escribía
mordido por la adrenalina,
entre un cause inexacto, acelerado,
imágenes en la pantalla,
disparándose como balas,
y es una inyeccion en el corazón,
en la mente,
vengan las ideas,
los sentimientos,
las intimidades,
los poemas desechables,
olores que no puedes evitar,
los recuerdos de aquellas amantes,
de juventud y fascinantes,
quedándose entre hojas en blanco
y cartas que no fueron para nadie.
Tuvimos otro nombre,
y mil películas hermosas,
cruzando en metros de rollo
a cortes en un teléfono,
cerrándose de pronto,
intentando quedarse en el mismo año,
el mismo cuando no fui yo,
cuando nadie me conoció,
cuando nunca estuve.