Desperté de cabeza,
despedazado,
en mil filamentos
que descendían lento,
derretido,
estirado,
cortado.
Soñé lo que no quería,
ay, de esta luz,
un nuevo camino,
reflejando lo que fui,
el cause divino,
como un espejo,
asqueado,
sin pies
ni
ojos
o
cabeza.
Y fue tu voz llegándome
como una flecha,
punzante, sedienta,
un sueño,
tuyo o contigo,
estabas ahí,
acariciándome
los dedos,
el cabello,
las mejillas,
salvando mis lágrimas,
antes de caer
sobre torsos y muslos
desnudos
que van y vienen,
aullándole a una luna roja,
como la carne en
nuestros hocicos,
en los pedazos que caen,
jugosos y apestando,
y con mi
aliento salido,
te nombro
en
la
oscuridad.
Ilustración: "En la oscuridad nadie puede ver lo que sucede" por Ray Frederick Coyle

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