Todos los momentos de alegría,
con sus risas y días pequeños,
partidos a la mitad,
todos se fueron,
ridículos sueños.
Moviendo los labios,
respirando con dificultad,
hundiendo un cuchillo en el vientre,
una de las fauces de pesadilla,
emparejando luces y sombras.
Escribiendo una carta para nadie,
remitida desde tu mano,
destinada a permanecer abierta,
corola de una flor que nunca duerme,
como las páginas amarillas de ayer,
como esperanza de un mañana diferente.
Sobreviviendo a un deseo,
en planeta de frustración,
la mente joven desconoce,
todas las noches en vela,
la angustia rodeando el cuello
como rasposa soga,
todas las noches en soledad,
la noche cuando se rompe por primera vez
el corazón, atravesando las ventanas amarillas.
Y cuando el viento sopló interminable,
cuando el cielo finalmente se cayó,
nunca fue el mismo deseo,
nunca la misma promesa,
todos los sentimientos se fundieron
contra la pared de tu pecho,
la sensación equivocada,
redundante y temerosa de mañana,
de la noche cuando acontecen los secretos.
Ay, el amor tan soñado,
tan usado, extraño y huraño,
gritando a los cuatro vientos,
traspasando las nubes,
en el sudor o bajando por la vena,
sangre o lágrimas,
directo de un corazón cortado.
Cantando a la luna una tonada feliz,
según las manecillas del tiempo,
permanece seguro, ciego,
recuperando el nombre y su hogar,
cantando todas las noches.
Aullando...

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