Existe un mundo,
resuelto en un ser,
abre los ojos,
eres tú.
Soñando con nacer de nuevo,
invalidando los mandatos de un destino,
mío, tuyo, el de cualquiera,
narrando los instantes moribundos del día,
nuestra justicia,
un racimo olvidado,
el sabor rancio de la ironía.
Cuerpo ácido de rostro inmune,
desconociendo los rasgos del pasado,
una vida futura esperando bajo el trayecto,
reparte tus obligaciones,
llora como nunca antes,
ningunea los romances y desviste las facciones
de lápidas, de retratos, de lapices,
moviéndose tras la violencia de los tiempos,
identidad que derriba el género,
nombre.
Firmando la declaración,
la condena,
refutando el efecto de los días,
una rutina porosa,
la punta de la pluma,
filosa en su tinta como la cima de la espada,
una montaña en descenso,
muestra tu ímpetu,
tras las letras,
tras los parpados,
reaparece el mundo,
es nuevo,
azul y brillante,
parte de un sueño,
realidad que conmueve.
Un episodio por día,
por vida,
limpiando los estragos causados
por las pisadas, por el tiempo,
por todas las carcajadas que comienzan,
concluyen siempre iguales,
torbellinos de la mente y
una borrosa identidad,
dicha una y otra vez,
reafirmada bajo y sobre las estrellas,
rostro,
yace en fuego y en hielo,
el sello y las marcas,
dedos y voces,
rostro,
eco.
Acusación,
como eje narrativo,
sumisión,
comunicado de poesía,
manejando lados opuestos.
Final.
Firma.
Seudónimo.
Ilustración: Fragmento de El hijo del hombre por René Magritte

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