lunes, 21 de marzo de 2022

COLMILLOS DE UN MURCIÉLAGO

 

Lágrimas que resbalan lento,
teñidas carmesí como insoldable crepúsculo,
poco a poco, nuestros ojos se ponen ciegos,
en medio de ningún lugar
y sin nombre, vacíos.

El sabor de la sangre es dulce,
mientras baja por tu abdomen,
eco de tus sílabas, 
una nueva religión decadente,
lágrimas perdidas en mi boca,
agujero negro que supura desde
lo inhóspito de tus sueños,
aquí, la noche es un terror sagrado.

Los monstruos existen y conoces sus nombres,
se esconden para no mirar el espejo,
son una mancha negra de alas gigantes,
una sombra oculta bajo tus párpados,
la imagen doble de un esqueleto sin dueño,
humo, especias, colores surgido de lo divino,
un agujero cercano en la tierra,
el atroz ruido de la duda,
carne lacerada donde brota 
el poder de Midas. 

Desprecia por un instante la luz,
filtrándose de mi pecho hacia el horizonte,
es medianoche, es rojo e intocable,
aquí estaremos cuando amanezca,
promesa imposible y delirio de nuestro pelaje,
rojo como la nada, 
rojo como la mordida ansiosa
de nuestro deseo más reventando,
los monstruos existen porque tú lo prefieres,
perdidos en el centro del universo,
la raíz oscura de nuestra intimidad.

Aletea sin que nadie sepa,
hacia rumbo desconocido o de regreso,
el cielo no existe, es alucinación,
sin respirar, mirando de frente los colmillos
uno del otro, cayendo en las fauces,
sin destino, sin otro motivo,
ahogando nuestra vida en rojo.


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