Dime en qué creer,
cuál es el espacio vacío que será mi lugar,
cuál es la comanda del día,
devorando el aire que conforma la noche,
sus aromas, el sabor amargo,
cuando nada es posible ahora.
Colores adornan el hocico de la bestia,
su nombre es uno,
el mío o el tuyo, quiénes somos entonces,
yendo en descenso hacia lugar ninguno,
esto significa la vida,
puedes tú saber, cuando muerdas la mano,
traicionando con magia todo lo bueno,
pero qué es lo bueno a tus ojos
o a los míos, salvo la perpetua condena
de martirizar la carne, el resto de años
que nos toque sufrir sobre la tierra.
Los genes no mienten,
dictan una tradición inocua,
insoldable, a veces,
compilando la autenticidad de los actos,
las palabras y la materia gelatinosa
que supura de estas,
somos el cero, somos rastros de insignificancia,
nombres de partículas sin sentido,
la importancia que nos concedemos minutos
antes de morir y después,
una ilusión que desearía transformar
en revólver y volarme la cabeza...
Tal vez, sólo es un tema de polvo,
moviendo y abrazando un soplido,
quejarse funciona cuando se grita de frente,
cuál es tu opinión, tu derecho,
aquel rechinido que revienta tus muelas,
dime en qué creer,
cómo pensar, destruirme y fortalecer
mi alma, dime lo que tú harías si cayeras
desde lo alto, muy alto hacia el abismo,
más oscuro, más recóndito, en fauces del enigma,
lo que no puede ser descifrado,
dime cuándo vas a volar,
cuál es tu nombre,
lo que significa derramar tu sangre,
hoy, ahora,
aquí mismo
y sin retorno.
Ilustración: "Orlando furioso" por Gustave Doré
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